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Crisol Life

CÓMO NOS AFECTAN LAS CREENCIAS SOBRE EL TIEMPO Y LA MUERTE

2016-05-31
Durante mucho tiempo se nos ha trasmitido que Dios ha hecho al ser humano a su imagen y semejanza, sin embargo se ha descubierto que es al revés. Somos los seres humanos quienes proyectamos a Dios a nuestra imagen y semejanza. Con emociones, pensamientos, razonamiento, etcétera. Esto quiere decir que el mundo que vemos no es lo «real», sino el conjunto de creencias, conscientes o inconscientes, que adornan la mente y que al mismo tiempo, defendemos con uñas y dientes ante cualquier persona que pueda tener una perspectiva diferente. Somos capaces de sacrificarnos por lo que creemos que es la verdad.
 
El hecho de que nosotros proyectamos a Dios, no significa que Dios no exista, sencillamente, no existe como nosotros creemos o pensamos. Por ejemplo, porqué cuando pedimos a la divinidad miramos al cielo, porqué no a nuestro corazón, o al planeta tierra? Hay una creencia que sustenta la acción de mirar al cielo y pedir.
 
Entre costumbres, culturas e historia hemos desarrollado una necesidad de creer en algo, sin darnos cuenta de que usamos las creencias como una regla para intentar empequeñecer y así medir, la inconmensurable escala del universo. Dándole, quizás, dos creencias fundamentales como parte raíz de cualquier creencia, ambas alimentadas por el miedo: la creencia en el tiempo y la creencia en la muerte.

¿Y si el tiempo fuera una ilusión?

 
Según Julian Barbour, doctor en física, el universo no es otra cosa que una gran colección de momentos y cada uno de ellos una colección de cosas, lo que llama «el montón»:
 
 
«No tiene sentido querer ordenar temporalmente esos diferentes momentos. Simplemente están y punto»
 
 
Hemos colocado nuestro razonamiento en la inteligencia que sabe cómo deberían ser las cosas en este mundo, hasta tal punto que este conjunto de momentos de los que habla Barbour, lo que podríamos traducir como un eterno presente, lo hemos reducido a la creencia de cuándo debe suceder cada momento, creando así el tiempo. Lo que le quita el poder a ese momento, ya que nuestra mente, que cree en el tiempo, ya está calculando el futuro, mientras recuerda el pasado, desconectándose del presente.
 
Barbour dice que el universo es estático, creemos en el tiempo porque vemos el inexorable fluir de los acontecimientos, pero que el movimiento también es una ilusión:
 
 
«Tú ves mover mis manos, pero si pudieses salir de esta realidad y observar la verdadera realidad, no verías movimiento»
 
 
De acuerdo con la teoría especial de la relatividad de Albert Einstein, no se pueden determinar los acontecimientos de tal manera que sean descritos como simultáneos. Dos acontecimientos que ocurren «ahora» para usted, ocurrirán en distintos momentos para todos, que se mueven a una velocidad diferente. De esta forma, el resultado de la teoría de Einstein es una imagen del universo que actúa como un «bloque» estático que no cambia, en el cual el futuro y el pasado no difieren, de tal forma que la izquierda y la derecha no difieren físicamente.
 
«Quizá la mejor manera de pensar acerca de la realidad cuántica es abandonar el concepto de tiempo para que la descripción fundamental del universo sea intemporal», expresa Carlo Rovelli, físico de la Universidad del Mediterráneo en Marsella.
 

La Muerte No existe

 
«La idea de morir es algo que siempre se nos ha enseñado a aceptar, pero en realidad solo existe en nuestras mentes», argumenta Robert Lanza
 
Hace tres siglos, el filósofo y empírico irlandés George Berkeley formuló una observación particularmente clarividente: Lo único que podemos percibir son nuestras percepciones, lo que significaría que la conciencia es la matriz sobre la que se aprehende el cosmos. Así, el color, sonido y temperatura sólo existirían como percepciones en nuestra cabeza, no como esencias absolutas. Pero, durante siglos, los científicos desecharon el argumento de Berkeley y lo consideraron como un espectáculo filosófico, y continuaron construyendo modelos físicos basados ​​en la hipótesis de un universo separado “allá afuera” al cual hemos llegado, cada uno individualmente. Estos modelos suponen, así, la existencia de una realidad esencial que prevalece con nosotros o sin nosotros.
 
Desde la década del 70′, no obstante, comenzó a desarrollarse una nueva interpretación que, en lugar de asumir una realidad que es anterior a la vida e incluso la crea, propone una imagen biocéntrica de la realidad. Desde este punto de vista, la vida – sobre todo la conciencia – crea el universo, y el universo no podría existir sin nosotros.
 
Robert Lanza, investigador norteamericano de la Escuela de Medicina de la Universidad Wake Forest, en Carolina del Norte, ganó bastante notoriedad en el mundo académico en el año 2009 tras lanzar su libro “El Biocentrismo – Cómo la Vida y la Conciencia son las Claves para Entender la Verdadera Naturaleza del Universo”. Esta obra llamó la atención porque mediante la teoría del biocentrismo, apoyada en nociones de la física cuántica, el académico concluía que la muerte, tal como la conocemos, es sólo una ilusión creada por nuestra conciencia. Así, de este modo, se podía concluir consecuentemente que sí hay una existencia más allá de la tumba.
 
“Los humanos creemos en la muerte porque nos han enseñado a creer que morimos, es decir, nuestra conciencia asocia la vida con el cuerpo, y sabemos que el cuerpo muere. Se nos enseña que la vida humana es sólo una actividad de carbono y una mezcla de moléculas, y que vivimos un tiempo y que después nos pudrimos bajo el suelo. El biocentrismo o universo de la biocéntrica, en cambio, nos explica que la muerte no puede ser tan terminal como creemos. Según esta teoría, la biología y la vida originan la realidad y el universo, y no al revés. Nuestra conciencia da sentido al mundo y puede ser alterada para cambiar nuestra interpretación. Desde el punto de vista de la biocéntrica, el espacio y el tiempo no se comportan de manera tan rígida ni tan rápida como nos presenta nuestra conciencia, porque son meras herramientas de nuestra mente. De acuerdo con el biocentrismo, el tiempo no existe independientemente de la vida que lo observa. La realidad del tiempo ha sido cuestionada por una extraña alianza de filósofos y físicos. Los primeros sostienen que el pasado no existe más que como idea en la mente, que a su vez son eventos neuroeléctricos que ocurren estrictamente en el momento presente. Entonces la muerte y la idea de la inmortalidad existen en un mundo sin límites espaciales ni lineales. Así, puede concluirse que la muerte no puede ser un evento terminal o final, tal y como la solemos considerar”.
 
La teoría biocéntrica de Robert Lanza, para algunos, nos obligaría a cuestionar algunas de las creencias que nos han enseñado desde niños, cuando somos iguales a tablas rasas o recipientes vacíos. Así, si alguien cree en la muerte durante toda su vida creará su realidad en base a esta creencia, Y, por el contrario, si alguien cree que está hecho de esencia inmortal y que sólo estamos en esta vida de paso, viviremos de una forma totalmente distinta, creando nuestra realidad en base a esa creencia.
 
Stephen Hawking muestra la relatividad de la muerte con un ejemplo en el universo:
 
 
«Si una persona es absorbida por un agujero negro, la persona que lo está observando desde fuera, según su perspectiva, observará lo que llamamos muerte. Sin embargo la persona que está entrando en el agujero negro no experimentará cambio alguno, todo es una ilusión»
 
 
Recomiendo ver la película Interestelar donde se encuentran pinceladas de esta teoría.
 
Desde los filósofos más antiguos hasta los nuevos descubrimientos en física cuántica, incluyendo textos de las civilizaciones primigenias, nos hablan de que nuestra percepción del mundo es errónea. Juzgamos la realidad sin darnos cuenta que son nuestras propias creencias proyectadas en un mundo dual.
 
Vemos personas con la misma edad pero dos aspectos físicos muy diferentes, una muy desmejorada y la otra mostrando mucha más juventud. ¿Será quizás porque tienen perspectivas diferentes del tiempo?
 
 
«Lo que la Oruga interpreta como el fin del mundo, es lo que su dueño denomina mariposa»
 
 
Al final la creencia parece ser el combustible de nuestra percepción, dejando atrás el «ver para creer» y poniendo conciencia en: «Creer para ver»
 
«Cuestionando la realidad se desnuda la verdad» 
Héctor Ibáñez

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